Saturday, June 15, 2013

La diferencia entre amén y amen: ¿debe existir?

Últimamente se ha vuelto común escuchar opiniones divergentes entre los cristianos sobre muchos temas morales: aborto, relaciones prematrimoniales, eutanasia, divorcio, anticonceptivos, reproducción asistida, relaciones, matrimonio y adopción entre homosexuales. La divergencia no se debe a una falta de dirección de la Iglesia, su discurso es bastante claro y categórico en estos temas, sino más bien a la concepción que se tiene del ser humano, del seglar común y corriente.

Se ve con mucha frecuencia que dos cristianos -ambos relativamente creyentes y practicantes- difieren en estos temas, sin que aquello se deba a que el uno crea más en la autoridad de la Iglesia que el otro. Hay opiniones que parecen estar demasiado liberalizadas en estos temas, pero que en realidad no lo están. Se ve también el caso de cristianos que han sido excepcionalmente practicantes y creyentes, dejar de creer en la autoridad de la Iglesia, sin que por ello dejen de mantener un corazón noble, incluso más noble que el corazón del común de los cristianos.

¿Cuándo piensas en el aborto, a quién imaginas?
¿Cuándo piensas en la eutanasia, a quién ves?
¿Cuándo piensas en el homosexual, a quién tienes en mente?
¿Cuándo piensas en los divorcios, qué matrimonio recuerdas?
¿Cuándo piensas en la reproducción asistida, qué caso recuerdas?

En más de una ocasión es posible darse cuento que en esto radica la diferencia. Aquél que autoriza moralmente algunos de estos temas, los casos que vienen a su mente son casos de personas heroicas en algún sentido, que han luchado por largo tiempo, pero que se han dejado vencer. Se recuerda a jóvenes confundidas y desesperadas, a quienes les faltó el apoyo de su pareja y cuya familia las habría de humillar primero antes de comenzar a apoyarlas; a enfermos que han estado sufriendo mucho dolor y que no han tenido los medios para calmarlo y a sus familias viviendo ese dolor como si fuera en carne propia; a hombres que se han culpado varias veces de ser homosexuales y de no poder sentir atracción por el otro sexo; a mujeres que han luchado por rescatar un matrimonio, pero que por razones ajenas a ellas, era insalvable; a parejas que han intentado por todos los medios naturales posibles tener hijos y que entre ellos se profesan mucho amor. Si acaso estas personas podrían ser aún más heroicas, es una cuestión aparte, lo que debe admitirse como cierto es que no tienen un corazón malo ni egoísta, que la situación les ha oprimido el corazón y que sus fuerzas han decaído.

Mientas que aquél que rechaza moralmente algunos de estos temas, los casos que vienen a su mente son casos de personas con un corazón deformado no por las circunstancias, sino porque así lo tienen todo el tiempo. Imagina a mujeres abortando porque el bebé arruinará sus vidas; a enfermos o familias pidiendo la eutanasia porque la enfermedad les ha arrebatado el placer de vivir; a homosexuales teniendo una vida sexual vilipendiosa; a parejas jugando a hacer dios.

Lo dicho hasta ahora no pretende trivializar el justo rechazo hacia ciertas de estas cuestiones ni mucho menos relativizar la moral, sino más bien demostrar que las opiniones distintas de los cristianos se podrían encontrar más cerca de lo que parece. Si tratásemos de alargar nuestro panorama, de dejar que entren visiones buenas y malas del ser humano, de tener la visión más completa y exacta posible. Para este propósito, adoptar posiciones categóricas como las siguientes, sería inviable: el aborto va en contra de la vida y aquí acaba la discusión, o el matrimonio es indisoluble y aquí otro punto final, o el matrimonio sólo puede existir entre ambos sexos y no hay más que argumentar. Se trata de comprender al ser humano, sus debilidades y de juzgar su conducta por lo ésta revela de él: tiene aún un buen corazón, mantiene el compromiso con lo bueno.

La siguiente vivencia puede ayudar a ilustrar mejor la cuestión:
“Antes de ser enviado de misiones a Gana, era de moral muy conservadora, pero luego de vivir en una comunidad africana y de haber conocido sus necesidades, pero sobre todo la bondad de sus corazones, me di cuenta que muchos de los principios morales de la Iglesia están basados en una idea del ser humano como un ente irresponsable y placentero. A pesar de estar en desacuerdo con gran parte de lo que opina la Iglesia en este sentido, no he dejado los hábitos porque creo en el cristianismo del amor”.

Fundamentando las normas morales en el amor y no en los categóricos se pueden derrumbar las barreras que separan el amen del amén(*).

(*) Esto merece una explicación. Hace muy poco vi circular un mensaje en el que se decía que la Iglesia debería acabar sus oraciones así: “Por los siglos de los siglos amen”, en lugar de “Por los siglos de los siglos. Amén”. Yo lo entendí como una forma de resaltar que el amor debe ser la base del cristianismo. Creo que el cristianismo es amor y que sus reglas están basadas en ese amor, pero cuando nos olvidamos de ello y las aplicamos sin amor, tenemos un código de normas sin sentido. El amén para mí, significa ese código de normas y el amen, su fundamento en el amor.

Thursday, May 23, 2013

Huelen debido a razones fuera de su voluntad


(En respuesta a ¿Por qué huelen?).

Este es un tema que ya he discutido antes en Guayaquil, en donde por el calor, los malos olores llegan a ser “inevitables”. Y precisamente en este predicado, es en donde se fijan las discusiones, ¿realmente es inevitable? Para mí, lo es y cada vez que me topo con un caso así, opto por pensar con caridad, y no por una razón cristiana sino porque pensar con caridad es lo razonable en estas situaciones.

Se debe reconocer, sin embargo, que últimamente se viven tiempos raros. Hay gente que no se lava la cabeza por meses para hacerse rastras, y hay otros que eructan en lugares públicos, sin que parezca ser un problema de salud. El primero es un caso de superioridad (soy distinto y soy mejor, mira mis rastras) y el segundo uno de sometimiento (tú me aguantas porque me aguantas). Sin embargo, no veo como la superioridad o el sometimiento se pueden lograr sólo a punta del mal olor.

Salvo casos muy excepcionales, el mal olor es percibido por el que lo posee y por lo tanto resulta auto-perturbante. No creo que alguien pueda escoger oler mal porque le resulta agradable, sin embargo, suponiendo que éste fuese el caso y que el mal olor varíe en función de olfatos, entonces si variara, ¡más razón para respetarlo! En algún lugar leí que hay razas que tienen “olores” peculiares. No creo que esto sea cierto, pero si lo fuera, hay que respetar. Precisamente si yo percibo de ellos un olor peculiar, debe ser también porque ellos perciben en mí un olor también peculiar. El mal olor es por regla general universal, y si se cree que el otro escoge oler mal, es entonces porque es relativo y si lo fuese, se debe aplicar la caridad.

Que alguien sepa que tiene mal olor, no hace que devenga automáticamente en un acto realizado para amargarnos la existencia. Si alguien huele mal, ¿por qué despreciarlo? ¿sólo porque su olor no nos gusta? Llegar a este punto es tan vil como el que eructa en lugares públicos para someternos a aguantarlo; en ambos está implícito una especie de un "yo superior": tu olor lo desprecio, mis deseos te los aguantas.

Es una pena que cada vez nos volvemos menos tolerantes con aquellos que no son nuestros estándares y le atribuimos a la gente, la intención de amargarnos la vida. No es que esté en defensa del mal aseo, pero me parece muy fuerte no darle el beneficio de la duda: si huele mal, debe tener un problema. Creemos que la gente va por el mundo imponiéndose y no nos damos cuenta que también nosotros nos imponemos cuando producto de nuestro mal carácter, queremos llamarlo: “cerdo infame y bestia inmunda”.

Saturday, April 20, 2013

El llamado

Mañana se celebra el día de las vocaciones de todo tipo, la tuya, la mía… Todos tenemos una, pero a veces nos cuesta un poco descubrirla. Si aún no crees tener la tuya, el primer paso es examinar tu vida de presente: ¿a quién le sonríes todas las mañanas? ¿en qué estás ocupando tu tiempo? Nuestro primer llamado es ser misioneros en casa, en la escuela y/o en el trabajo. Dependerá de cada cual, pero creo que en la generalidad de los casos, somos muy buenos misioneros lejos y fuera de nuestro círculo. Pero no hay que ir lejos, ahí donde estamos necesitan de nosotros, de nuestro ánimo y de nuestro cariño. Nuestra primera vocación es ser misioneros en lo que hacemos y en el lugar en donde estamos.

Parecería entonces que nuestra primera misión es muy simple, no nos han encargado cambiar el mundo con ella, sólo hacer bien lo que hacemos. ¡Pues sí, sólo eso! No soy importante, sin mí el mundo no hubiese sido distinto, ¿y aún así se le llama a esto misión? ¡Sí! Mi misión es hacer bien mi trabajo diario y darle amor a los que tengo a mi lado. No hay misiones más importantes que otras, lo que cuenta es cómo se las cumple. No olvidemos poner el corazón en donde debe estar.

Aquí les dejo la letra de una canción muy hermosa, particularmente el coro que representa nuestra respuesta al llamado, es muy conmovedor. (La música pueden encontrarla aquí)

Yo, Señor de cielo y mar
al que llora he de escuchar
a los que sufriendo están
quiero salvar.

Yo, que de la oscuridad
cada estrella hice brillar,
¿quién mi luz podrá mostrar?
¿quién me seguirá?

Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.


Yo, Señor de lluvia y sol,
las angustias y el dolor
de mi pueblo he de sanar
sin condición.

Ese duro corazón
con mi amor transformaré
¿quién mi Nombre anunciara?
¿quién me seguirá?

Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.


Yo, Señor de viento y paz
al banquete del amor
a los pobres llamaré
y salvaré

Del más exquisito pan
de mi Vida se saciarán
¿con mi voz quién cantará?
¿quién me seguirá?

Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.


No busques fuera misionero, ¿para qué ir tan lejos si hay tanto por hacer aquí? ¡Te necesitan!... Gracias por permanecer.

Friday, April 5, 2013

Amor a lo bueno, a lo difícil y a las personas

Existe una discusión muy interesante entre los kantianos y los eticistas de las virtudes (no sé si esa sea una buena traducción del virtue ethics) respecto de qué actitud es más buena: si la de aquél que hace lo bueno por obligación o la de aquél que hace lo bueno porque le es natural hacerlo.

Aristóteles en la Ética a Nicómaco (la obra base de la ética de las virtudes) distingue entre dos tipos de personas: aquél que se esfuerza por actuar bien, a pesar de que aquello no coincide con sus deseos y aquél que actuando bien lo hace de conformidad con sus deseos. En otras palabras, se trata de la distinción entre el hombre bueno por naturaleza y el hombre bueno porque se autocontrola. Aristóteles concluye que el primero es moralmente superior al segundo porque su bondad es innata.

Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, se ocupa del mismo asunto proponiendo el siguiente ejemplo: un hombre que visita en el hospital a un amigo porque encuentra un placer interno al hacerlo es moralmente inferior -concluye Kant- al hombre que visita a su amigo en el hospital aun cuando sus preocupaciones personales lo agobian tanto que no le permiten sentir agrado al hacerlo. Para Kant, el que actúa por obligación es moralmente superior al que actúa por inclinación.

No me resulta fácil tomar postura en este tema. Por un lado, estoy de acuerdo en reconocer que existen hombres santos y que la pureza de su virtud es superior a la del hombre ordinario, que aunque se esfuerza por hacer el bien no es santo; pero a la vez, estoy de acuerdo en reconocer que aquél que pone su corazón en lo que hace a pesar de tener poco ánimo de hacerlo, es digno de igual admiración.

Una vez escuché: ¿acaso la madre que se levanta en la madrugada para atender al niño que llora tiene ganas de hacerlo? Hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, aun cuando no se tengan ganas.

Quizá todos coincidamos en que la madre no hace algo excepcional levantándose a atender a su hijo en medio de la noche, tanto no es excepcional que en caso de que no lo hiciera y se voltease a seguir durmiendo, diríamos ¡qué mala madre!. Pero en cambio, si el que llorara en la madrugada fuera un mendigo que pasa caminando afuera de nuestra casa, la cosa sería distinta. Si nos levantásemos a atenderlo, sí seríamos virtuosos y si no lo hiciéramos, nadie diría nada.

Esto me lleva a diferenciar entre distintos tipos de amor: el amor a lo bueno, el amor a lo difícil y el amor a las personas. El segundo es el rasgo del hombre virtuoso y el primero y el tercero lo son sólo en la medida en que el amor a lo bueno supere el amor a las personas, lo paso a explicar ahora:

Aristóteles hacía la distinción entre el que actúa bien deseándolo y el que actúa bien sin desearlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el primero es moralmente superior al segundo siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo bueno. En otras palabras, se debe reconocer lo bueno, amarlo y perseguirlo, tener que autoeducarse para valorar lo bueno sería no virtuoso. Cómo no amar la paz, por ejemplo, si es tan natural amarla, pero el sólo hecho de amarla no es virtuoso.

Kant hacía la distinción entre aquél que visitaba a su amigo en el hospital porque le causaba una felicidad interior hacerlo y aquél que lo visitaba a pesar de que en ese momento, dadas sus circunstancias personales, no le podía causar simpatía hacerlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el segundo es moralmente superior al primero siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo difícil, a lo que cuesta hacer (no porque no apreciemos lo bueno, sino porque en ese momento de la vida nos cuesta apreciarlo). Se podría decir que el primer hombre no ha sido ni siquiera tentado a actuar mal, su vida va bien, qué mejor que ir a ver a un amigo a quién además ama, mientras que el segundo hombre, ha actuado bien a sido tentado. Estar en una situación difícil y a pesar de eso esforzarse por actuar bien, es tan digno de admiración como amar naturalmente lo bueno.

Finalmente, retomando el ejemplo del niño que llora en la madrugada y del mendigo que llora en la calle, podemos notar que una madre virtuosa no sólo atiende a su hijo que llora sino también al mendigo en la calle. Ser virtuoso no es actuar por amor a las personas, en esto coincido con Kant, sería no virtuoso no amar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros amigos, pero amarlos no es virtuoso, es simplemente lo mínimo que se espera de nosotros. En cambio, es virtuoso hacer el bien a quien no amamos y no amamos porque no conocemos, porque no es indiferente o porque es nuestro enemigo. Sólo si amamos lo bueno y lo hacemos con respecto de aquellos a quienes no amamos, entonces estaríamos actuando de forma virtuosa.

Es virtuoso hacer lo difícil y hacer el bien por amor a lo bueno a pesar de que no haya amor al hombre.

Friday, March 29, 2013

Las mujeres que se quedan en casa son vagas. De grande quiero ser como ellas

-y luego añadió- volverme a dormir cuando se vayan los hijos a la escuela, ir al gimnasio, ver telenovelas...

Definitivamente, ella y yo no pensábamos en el mismo tipo de mujer. Si lo hiciéramos, entonces a ella habría que leerla así: Las mujeres que ponen su corazón en el hogar son admirables. Cuando tenga mis hijos, no seré capaz de ser como ellas. Y aquí sigue la explicación:

- Cuando esta mujer decía las mujeres que se quedan en casa…, me parece que en realidad quiso decir, las mujeres que ponen su corazón en el hogar. Quedarse en casa es entregarse al hogar, dejar de lado los planes profesionales, la independencia económica, ser el sostén espiritual del hogar y el guardián que provee los mejores cuidados a esos pequeños que lo necesitan. Estas mujeres son además menos fuerte de lo que se cree, si bien son la fuente de cuidados para los hijos, esta misma mujer se transforma en un ser indefenso, su independencia y su vida quedan supeditadas en gran medida al marido. En muchos casos, esa independencia no se recobra cuando los hijos crecen. Y si el marido no tiene un corazón noble, a la larga dejará de apreciar el trabajo que ella realiza en la casa.
- Cuando esta mujer decía …son vagas, creo que en realidad quiso decir, son admirables. Quedarse en casa es una decisión de mujeres nobles, sólo de aquellas que tienen un corazón tan puro, que son capaces de dejar de lado aquello que la sociedad valora. La reintegración de la mujer a la vida laboral es más difícil de lo que se cree y al quedarse en casa, ellas saben la cuesta arriba que les espera. Un tonto decía: cuando la mujer sale del mercado laboral, se desactualiza; pero lo que este tonto ignoró es que la actualización se gana en muy poco tiempo, en la gran mayoría de los trabajos se aprende en el camino. El mercado te mide por los años de experiencia, no le interesa ni siquiera saber porqué se dejó de trabajar, si fue por una causa noble o por enfermedad… pero éste es el mundo que enfrenta la mujer que se queda en casa.
- Cuando esta mujer decía De grande…, creo que en realidad quiso decir, cuando deje de pensar en mí, empiece a darme cuenta que deseo dar amor y decida ser madre, porque grande hace rato que lo es.
- Y finalmente, cuando esta mujer decía …quiero ser como ellas, en realidad quiso decir, no seré capaz de ser nunca como ellas. Y claro, cómo ha de serlo, no es fácil tener un corazón noble y dejarlo todo por amor.

Yo no veo con facilidad cómo una persona que lo deja todo por la familia, puede ser llamada vaga. Acaso no es mejor, conseguirse uno de esos trabajos fáciles, dejar que a los hijos los críe la escuela, que el marido pague todo porque claro gana más dinero y con el dinero propio ir al spa, ver a las amigas, divertirse, etc. (al final de cuentas, el marido y los hijos deberán comprender que se necesita descansar de la rutina semanal, ¿no?).

Sunday, March 3, 2013

La adultez

Se suele decir que con la niñez se deja atrás la inocencia o la pureza de corazón. Creo que eso no es totalmente cierto pues los niños suelen revelar una cierta insensibilidad hacia el dolor ajeno y los adultos, al controlar sus emociones, pueden ser capaces de mantener la bondad en el corazón.

En ocasiones los niños actúan de tal forma que dejan relucir un corazón menos puro de lo que dice que poseen, quizá se deba a que se actúa por ignorancia o por un desorden de valores. Cuando era niña, me gustaba mucho ver películas de terror e ir a un parque de diversiones local en donde me montaba a los juegos más terroríficos y riesgosos, disfrutaba que me pongan de cabeza por largo tiempo y que me hagan dar vueltas a más no poder. Cuando lo recuerdo me causa espanto, ¡qué pasaba por mi cabeza a esa edad!, seguramente tenía una vida tan sana, que buscaba las situaciones límites de riesgo. Ahora no soporto una peli de terror, me angustia el suspenso y mucho menos me atrevo a ir a un parque de diversiones y si fuera a alguno seguramente buscaría los juegos más aburridos con escaza adrenalina.

Hace un par de años fui con unas amigas al cine a ver Abre los ojos, una peli de fines de los 90, que luego fue producida en inglés bajo el nombre Vanilla Sky, quizá resulte más conocida por su versión inglesa. Salí espantada, la historia me había perturbado: un joven que queda desfigurado en un accidente, decide comprar la vida eterna con lo cual logra borrar el accidente de su vida y reconstruye a partir de allí una vida nueva ficticia. La historia trae elementos de locura, un hombre desquiciado por la desfiguración de su apariencia y una sociedad que lo aborrece. Al acabar la película, yo apenas podía respirar, enseguida noté que la peli había gustado mucho a las chicas con las que fui al cine, sólo hablaban de la actuación y de cómo habría de entenderse el final -que para muchos queda un poco abierto a interpretación-. A la salida, yo andaba torpemente en la bicicleta, no dejaba de pensar en que la situación de la película me podía pasar a mí, que ahora que conocía ese riesgo se convertía en una posibilidad. Lo cierto es que tuve pesadillas durante un par de semanas, me sentía muy vulnerable. Al cabo de unos meses, mientras hacía fila en un supermercado, empecé a ojear una revista y enseguida descubrí la misma historia de la película, pero esta vez era real, un hombre famoso había quedado desfigurado tras un accidente, no tenía ojos ni nariz, su rostro era una masa deforme, pero su esposa permanecía junto a él, a diferencia de la historia de la peli en la que todos lo habían abandonado y además huían de él como si fuera un monstruo. Tan pronto leí el título y el subtítulo del artículo cerré la revista de inmediato, no quería que esta historia ocupara de nuevo mis pensamientos…

He descubierto que con los años me siento cada vez más propensa a ser víctima del dolor que veo a mi alrededor. A veces comienzo a desarrollar estrategias de control emocional para enfrentar de la mejor manera esas situaciones de presentarse en mi vida. Cuando veo a los ancianos en la iglesia y tan pocos jóvenes o adultos, me pregunto si estos mismos ancianos asistían a misa en la juventud o desde cuándo lo hacen, y empiezo a creer que el aumento del riesgo de morir los ha traído hasta acá ahora.

Con la adultez no sólo vemos más real el riesgo de ser víctimas del sufrimiento, sino que además actuamos con base en ese riesgo. Somos solidarios con quien sufre porque sentimos que nos podría haber ocurrido a nosotros o que aún nos puede ocurrir. Nuestras buenas acciones están guiadas por el temor de que aquél sea nuestro caso. Sin embargo, hay quienes que a pesar de ser adultos, siguen viviendo en la niñez, se creen inmunes al dolor. A pesar de que el que sufre toca su puerta, se hacen sordos al llamado (Esto reafirma la reflexión de José Ingenieros respecto de que los jóvenes se olvidan que serán viejos. Aunque cabe aclarar que ahora el dolor ya no está reservado para la edad senil).

Tanto actuar por el temor de ser nosotros el que sufra, como no actuar pudiendo hacerlo, son en mi opinión actitudes igualmente erróneas. Algunos dirán que la primera es más noble que la segunda, porque abrimos nuestros oídos al clamor del que sufre. Sin embargo, me parece que son igual de malas, aunque el vicio recae en aspectos diversos. En la primera pensamos en nosotros en lugar del otro, es como dar limosna por la vanagloria; actuamos como si eso nos ayudara a no vivir el dolor en carne propia o a alejar el dolor de nosotros; me sensibilizo con el dolor ajeno porque me perturba ser yo la víctima, doy limosna para apaciguar en mí el remordimiento o para sentir que hago algo bueno, pero no lo hago por el otro. Aquél no puede ser un sentimiento virtuoso, aun cuando tenga como efecto práctico, la ayuda que proveemos al otro.

Ayudar porque aquél podría ser yo, no es una motivación de acción correcta. Se debe actuar porque se ama al otro, se desprecia su estado de sufrimiento, porque se cree que lo justo es ayudar al desfavorecido aun cuando hubiese un riesgo cero de estar en su lugar. Actuar por amor debe ser nuestro motto. Si me estremezco con las pelis de terror o con las historias de sufrimiento que sea porque no soporto ver el dolor en el otro…

M. Nussbaum en un libro muy inspirador “El ocultamiento de lo humano”, hace una reflexión similar al hablar de la compasión humana: “La tradición coloca el acento además en que la compasión comúnmente incluye la idea de que nosotros mismos somos vulnerables de maneras similares. Relaciona, así, a la persona que sufre con las posibilidades y la vulnerabilidad de quien se conmisera” (p. 67).

Esta capacidad de reflejarnos en el otro, trae dos efectos negativos, que me llaman mucho la atención:
(1) Podemos sentir compasión sólo cuando creemos en que el sufrimiento del otro puede ser nuestro: “Rousseau afirmó que los reyes y los nobles de Francia no tenían compasión por las clases más bajas porque ‘cuentan con nunca ser seres humanos’, sujetos a todas las vicisitudes de la vida” (Nussbaum, 67)
(2) Sentimos compasión por el sufrimiento cercano (más aún si es el nuestro) y no por el sufrimiento remoto (del otro), a pesar de que el nuestro es menos grave: “las personas que sienten compasión por las víctimas de un terremoto en China perderán por completo la emoción si se ven distraídas por un dolor en su meñique”. (Nussbaum, 68)

Reflejarnos en el sufrimiento del otro no sólo equivale a una ausencia de amor por el otro, sino que además es un exceso de amor a nosotros mismos.

Bajo el prisma de la acción interna, no considero que aquél que ayuda pensando en sí mismo actúa mejor que aquél que no ayuda. Es como tener una caja de plastilina cerca, cuando escuchamos la historia de dolor que vive el otro, el que actúa reacciona frente a ella pensando en sí mismo, es como si abriera la caja de plastilina y empezara a modelar una figurita. Si esa figurita quedara intacta, adquiriría enseguida una consistencia dura, pero si, en cambio, se la continuase modelando, la plastilina seguiría teniendo una consistencia suave. Si nada más damos y actuamos en el momento en que la historia conmueve nuestro corazón, es como si hiciéramos la figurita y luego dejáramos ahí esperando que el oxígeno la endurezca, pero si actuásemos por amor al otro, por sentido de justicia, por verdadera solidaridad, moldearíamos continuamente en nosotros sentimientos buenos, afables y nobles. Aquél que no hace nada, que deja la plastilina intacta, se pierde de ver una creación artística, se pierde amar y se encierra en un egoísmo muy parecido al de aquél que actuó sólo por él.

Ojalá (¡oh Alá!) podamos superar nuestros propios egoísmos y cultivemos en nosotros el amor al otro. Si lo lográramos, ¡qué distinto sería el mundo, oh Alá!

Tuesday, February 5, 2013

Para los que ya no están...

Hace poco leí el siguiente comentario: “las letanías, ¡vaya manera de alimentar el ego a ese dios egoísta!” –en realidad la frase era distinta, pero ése era el mensaje-. No pude sin más reaccionar y pensar que en efecto las letanías y muchas otros signos de la religión católica llevan a esta desacertada opinión. Tan poca razón tiene el que se expresa de este modo, como aquél que las profesa sin llegar a entender la espiritualidad que hay en ellas.

Los signos en la religión han de conducir hacia la comunicación con Dios. Vistos desde una perspectiva racional únicamente, muchos de ellos no son más que mecanismos irracionales y carentes de sentido, que trasladados hacia la dimensión humana no muestran a un Dios bueno sino a un dios egocéntrico o castigador. Parte de la responsabilidad recae sobre la misma Iglesia que al no comunicar eficazmente el verdadero mensaje de Jesucristo, se ha llenado de reglas -que ya no son signos- que atan al ser humano a una camisa de fuerza.

Muchos feligreses de corazón bueno han preferido apartarse del camino de la Iglesia y otros tantos de corazón duro se han incorporado, para estos últimos cumplir las reglas simplemente no ha representado un problema. La espiritualidad, que era el principal mensaje de Jesucristo se ha escondido entre reglas necias: no hagas esto o aquello que es pecado. Pero abstenerse de hacerlas tampoco hace a una persona buena y hacerlo con justa causa tampoco la convierte en una persona mala y hacer algo distinto de lo exigido buscando la espiritualidad, la hace una persona incluso más buena.

Que si decides no ayunar, no vives bien la semana santa, que si se tienen relaciones prematrimoniales se es impuro, que si no santificas las fiestas no cumples uno de los mandamientos. A pesar de que parezca lo opuesto, estoy de acuerdo con todas estas reglas, pero no por las razones que se suelen sostener. Si ayunas, que sea porque aquello te hace sentir más a Jesucristo y vivir de cerca la carencia material y cuando no lo hagas que sea porque has encontrado una forma mejor de hacer sacrificio; que si no tienes relaciones prematrimoniales que no sea porque aquello te hace más puro o te libra de la impureza, sino porque quieres hacer un sacrificio de espera y aprender a controlar los deseos; que si no rezas el rosario o las letanías, que sea porque oras; que si faltas a la Eucaristía que sea porque has preferido echarle una mano a alguien. Éstas son sólo unas cuantas interpretaciones que podrían ser el camino a la espiritualidad para algunos, aunque no para todos. Buscar la espiritualidad es un llamado de todos a través de las reglas que fuesen. Lo importante es llegar al mismo fin: a la perfección personal al servicio de los demás.

Los símbolos que la Iglesia nos da deben ser instrumentos que nos transformen en seres espirituales, carentes de egoísmos, que nos eleve hacia una perfección que profese el bien. Si los signos que la Iglesia nos ha enseñado -y aquí particularmente insisto que no nos exige- no funcionan para nosotros, entonces que sirvan al menos como recordatorio para vivir la espiritualidad. Si las letanías nos resultan tediosas, es porque no son nuestro camino a la espiritualidad, pero si vemos en ellas a un dios egoísta, es porque nos hemos quedado en el nivel humano, las hemos comprendido con la mente y no con el corazón.

Esto va para los que ya no están y pudiendo regresar, quisieran vivir la espiritualidad de verdad: vivir la religión es entender qué es lo que cada símbolo espera de nosotros y buscar en otros símbolos la espiritualidad que nos hace falta.