Se suele decir que con la niñez se deja atrás la inocencia o la pureza de corazón. Creo que eso no es totalmente cierto pues los niños suelen revelar una cierta insensibilidad hacia el dolor ajeno y los adultos, al controlar sus emociones, pueden ser capaces de mantener la bondad en el corazón.
En ocasiones los niños actúan de tal forma que dejan relucir un corazón menos puro de lo que dice que poseen, quizá se deba a que se actúa por ignorancia o por un desorden de valores. Cuando era niña, me gustaba mucho ver películas de terror e ir a un parque de diversiones local en donde me montaba a los juegos más terroríficos y riesgosos, disfrutaba que me pongan de cabeza por largo tiempo y que me hagan dar vueltas a más no poder. Cuando lo recuerdo me causa espanto, ¡qué pasaba por mi cabeza a esa edad!, seguramente tenía una vida tan sana, que buscaba las situaciones límites de riesgo. Ahora no soporto una peli de terror, me angustia el suspenso y mucho menos me atrevo a ir a un parque de diversiones y si fuera a alguno seguramente buscaría los juegos más aburridos con escaza adrenalina.
Hace un par de años fui con unas amigas al cine a ver Abre los ojos, una peli de fines de los 90, que luego fue producida en inglés bajo el nombre Vanilla Sky, quizá resulte más conocida por su versión inglesa. Salí espantada, la historia me había perturbado: un joven que queda desfigurado en un accidente, decide comprar la vida eterna con lo cual logra borrar el accidente de su vida y reconstruye a partir de allí una vida nueva ficticia. La historia trae elementos de locura, un hombre desquiciado por la desfiguración de su apariencia y una sociedad que lo aborrece. Al acabar la película, yo apenas podía respirar, enseguida noté que la peli había gustado mucho a las chicas con las que fui al cine, sólo hablaban de la actuación y de cómo habría de entenderse el final -que para muchos queda un poco abierto a interpretación-. A la salida, yo andaba torpemente en la bicicleta, no dejaba de pensar en que la situación de la película me podía pasar a mí, que ahora que conocía ese riesgo se convertía en una posibilidad. Lo cierto es que tuve pesadillas durante un par de semanas, me sentía muy vulnerable. Al cabo de unos meses, mientras hacía fila en un supermercado, empecé a ojear una revista y enseguida descubrí la misma historia de la película, pero esta vez era real, un hombre famoso había quedado desfigurado tras un accidente, no tenía ojos ni nariz, su rostro era una masa deforme, pero su esposa permanecía junto a él, a diferencia de la historia de la peli en la que todos lo habían abandonado y además huían de él como si fuera un monstruo. Tan pronto leí el título y el subtítulo del artículo cerré la revista de inmediato, no quería que esta historia ocupara de nuevo mis pensamientos…
He descubierto que con los años me siento cada vez más propensa a ser víctima del dolor que veo a mi alrededor. A veces comienzo a desarrollar estrategias de control emocional para enfrentar de la mejor manera esas situaciones de presentarse en mi vida. Cuando veo a los ancianos en la iglesia y tan pocos jóvenes o adultos, me pregunto si estos mismos ancianos asistían a misa en la juventud o desde cuándo lo hacen, y empiezo a creer que el aumento del riesgo de morir los ha traído hasta acá ahora.
Con la adultez no sólo vemos más real el riesgo de ser víctimas del sufrimiento, sino que además actuamos con base en ese riesgo. Somos solidarios con quien sufre porque sentimos que nos podría haber ocurrido a nosotros o que aún nos puede ocurrir. Nuestras buenas acciones están guiadas por el temor de que aquél sea nuestro caso. Sin embargo, hay quienes que a pesar de ser adultos, siguen viviendo en la niñez, se creen inmunes al dolor. A pesar de que el que sufre toca su puerta, se hacen sordos al llamado (Esto reafirma la reflexión de José Ingenieros respecto de que los jóvenes se olvidan que serán viejos. Aunque cabe aclarar que ahora el dolor ya no está reservado para la edad senil).
Tanto actuar por el temor de ser nosotros el que sufra, como no actuar pudiendo hacerlo, son en mi opinión actitudes igualmente erróneas. Algunos dirán que la primera es más noble que la segunda, porque abrimos nuestros oídos al clamor del que sufre. Sin embargo, me parece que son igual de malas, aunque el vicio recae en aspectos diversos. En la primera pensamos en nosotros en lugar del otro, es como dar limosna por la vanagloria; actuamos como si eso nos ayudara a no vivir el dolor en carne propia o a alejar el dolor de nosotros; me sensibilizo con el dolor ajeno porque me perturba ser yo la víctima, doy limosna para apaciguar en mí el remordimiento o para sentir que hago algo bueno, pero no lo hago por el otro. Aquél no puede ser un sentimiento virtuoso, aun cuando tenga como efecto práctico, la ayuda que proveemos al otro.
Ayudar porque aquél podría ser yo, no es una motivación de acción correcta. Se debe actuar porque se ama al otro, se desprecia su estado de sufrimiento, porque se cree que lo justo es ayudar al desfavorecido aun cuando hubiese un riesgo cero de estar en su lugar. Actuar por amor debe ser nuestro motto. Si me estremezco con las pelis de terror o con las historias de sufrimiento que sea porque no soporto ver el dolor en el otro…
M. Nussbaum en un libro muy inspirador “El ocultamiento de lo humano”, hace una reflexión similar al hablar de la compasión humana: “La tradición coloca el acento además en que la compasión comúnmente incluye la idea de que nosotros mismos somos vulnerables de maneras similares. Relaciona, así, a la persona que sufre con las posibilidades y la vulnerabilidad de quien se conmisera” (p. 67).
Esta capacidad de reflejarnos en el otro, trae dos efectos negativos, que me llaman mucho la atención:
(1) Podemos sentir compasión sólo cuando creemos en que el sufrimiento del otro puede ser nuestro: “Rousseau afirmó que los reyes y los nobles de Francia no tenían compasión por las clases más bajas porque ‘cuentan con nunca ser seres humanos’, sujetos a todas las vicisitudes de la vida” (Nussbaum, 67)
(2) Sentimos compasión por el sufrimiento cercano (más aún si es el nuestro) y no por el sufrimiento remoto (del otro), a pesar de que el nuestro es menos grave: “las personas que sienten compasión por las víctimas de un terremoto en China perderán por completo la emoción si se ven distraídas por un dolor en su meñique”. (Nussbaum, 68)
Reflejarnos en el sufrimiento del otro no sólo equivale a una ausencia de amor por el otro, sino que además es un exceso de amor a nosotros mismos.
Bajo el prisma de la acción interna, no considero que aquél que ayuda pensando en sí mismo actúa mejor que aquél que no ayuda. Es como tener una caja de plastilina cerca, cuando escuchamos la historia de dolor que vive el otro, el que actúa reacciona frente a ella pensando en sí mismo, es como si abriera la caja de plastilina y empezara a modelar una figurita. Si esa figurita quedara intacta, adquiriría enseguida una consistencia dura, pero si, en cambio, se la continuase modelando, la plastilina seguiría teniendo una consistencia suave. Si nada más damos y actuamos en el momento en que la historia conmueve nuestro corazón, es como si hiciéramos la figurita y luego dejáramos ahí esperando que el oxígeno la endurezca, pero si actuásemos por amor al otro, por sentido de justicia, por verdadera solidaridad, moldearíamos continuamente en nosotros sentimientos buenos, afables y nobles. Aquél que no hace nada, que deja la plastilina intacta, se pierde de ver una creación artística, se pierde amar y se encierra en un egoísmo muy parecido al de aquél que actuó sólo por él.
Ojalá (¡oh Alá!) podamos superar nuestros propios egoísmos y cultivemos en nosotros el amor al otro. Si lo lográramos, ¡qué distinto sería el mundo, oh Alá!
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