Saturday, April 20, 2013

El llamado

Mañana se celebra el día de las vocaciones de todo tipo, la tuya, la mía… Todos tenemos una, pero a veces nos cuesta un poco descubrirla. Si aún no crees tener la tuya, el primer paso es examinar tu vida de presente: ¿a quién le sonríes todas las mañanas? ¿en qué estás ocupando tu tiempo? Nuestro primer llamado es ser misioneros en casa, en la escuela y/o en el trabajo. Dependerá de cada cual, pero creo que en la generalidad de los casos, somos muy buenos misioneros lejos y fuera de nuestro círculo. Pero no hay que ir lejos, ahí donde estamos necesitan de nosotros, de nuestro ánimo y de nuestro cariño. Nuestra primera vocación es ser misioneros en lo que hacemos y en el lugar en donde estamos.

Parecería entonces que nuestra primera misión es muy simple, no nos han encargado cambiar el mundo con ella, sólo hacer bien lo que hacemos. ¡Pues sí, sólo eso! No soy importante, sin mí el mundo no hubiese sido distinto, ¿y aún así se le llama a esto misión? ¡Sí! Mi misión es hacer bien mi trabajo diario y darle amor a los que tengo a mi lado. No hay misiones más importantes que otras, lo que cuenta es cómo se las cumple. No olvidemos poner el corazón en donde debe estar.

Aquí les dejo la letra de una canción muy hermosa, particularmente el coro que representa nuestra respuesta al llamado, es muy conmovedor. (La música pueden encontrarla aquí)

Yo, Señor de cielo y mar
al que llora he de escuchar
a los que sufriendo están
quiero salvar.

Yo, que de la oscuridad
cada estrella hice brillar,
¿quién mi luz podrá mostrar?
¿quién me seguirá?

Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.


Yo, Señor de lluvia y sol,
las angustias y el dolor
de mi pueblo he de sanar
sin condición.

Ese duro corazón
con mi amor transformaré
¿quién mi Nombre anunciara?
¿quién me seguirá?

Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.


Yo, Señor de viento y paz
al banquete del amor
a los pobres llamaré
y salvaré

Del más exquisito pan
de mi Vida se saciarán
¿con mi voz quién cantará?
¿quién me seguirá?

Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.


No busques fuera misionero, ¿para qué ir tan lejos si hay tanto por hacer aquí? ¡Te necesitan!... Gracias por permanecer.

Friday, April 5, 2013

Amor a lo bueno, a lo difícil y a las personas

Existe una discusión muy interesante entre los kantianos y los eticistas de las virtudes (no sé si esa sea una buena traducción del virtue ethics) respecto de qué actitud es más buena: si la de aquél que hace lo bueno por obligación o la de aquél que hace lo bueno porque le es natural hacerlo.

Aristóteles en la Ética a Nicómaco (la obra base de la ética de las virtudes) distingue entre dos tipos de personas: aquél que se esfuerza por actuar bien, a pesar de que aquello no coincide con sus deseos y aquél que actuando bien lo hace de conformidad con sus deseos. En otras palabras, se trata de la distinción entre el hombre bueno por naturaleza y el hombre bueno porque se autocontrola. Aristóteles concluye que el primero es moralmente superior al segundo porque su bondad es innata.

Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, se ocupa del mismo asunto proponiendo el siguiente ejemplo: un hombre que visita en el hospital a un amigo porque encuentra un placer interno al hacerlo es moralmente inferior -concluye Kant- al hombre que visita a su amigo en el hospital aun cuando sus preocupaciones personales lo agobian tanto que no le permiten sentir agrado al hacerlo. Para Kant, el que actúa por obligación es moralmente superior al que actúa por inclinación.

No me resulta fácil tomar postura en este tema. Por un lado, estoy de acuerdo en reconocer que existen hombres santos y que la pureza de su virtud es superior a la del hombre ordinario, que aunque se esfuerza por hacer el bien no es santo; pero a la vez, estoy de acuerdo en reconocer que aquél que pone su corazón en lo que hace a pesar de tener poco ánimo de hacerlo, es digno de igual admiración.

Una vez escuché: ¿acaso la madre que se levanta en la madrugada para atender al niño que llora tiene ganas de hacerlo? Hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, aun cuando no se tengan ganas.

Quizá todos coincidamos en que la madre no hace algo excepcional levantándose a atender a su hijo en medio de la noche, tanto no es excepcional que en caso de que no lo hiciera y se voltease a seguir durmiendo, diríamos ¡qué mala madre!. Pero en cambio, si el que llorara en la madrugada fuera un mendigo que pasa caminando afuera de nuestra casa, la cosa sería distinta. Si nos levantásemos a atenderlo, sí seríamos virtuosos y si no lo hiciéramos, nadie diría nada.

Esto me lleva a diferenciar entre distintos tipos de amor: el amor a lo bueno, el amor a lo difícil y el amor a las personas. El segundo es el rasgo del hombre virtuoso y el primero y el tercero lo son sólo en la medida en que el amor a lo bueno supere el amor a las personas, lo paso a explicar ahora:

Aristóteles hacía la distinción entre el que actúa bien deseándolo y el que actúa bien sin desearlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el primero es moralmente superior al segundo siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo bueno. En otras palabras, se debe reconocer lo bueno, amarlo y perseguirlo, tener que autoeducarse para valorar lo bueno sería no virtuoso. Cómo no amar la paz, por ejemplo, si es tan natural amarla, pero el sólo hecho de amarla no es virtuoso.

Kant hacía la distinción entre aquél que visitaba a su amigo en el hospital porque le causaba una felicidad interior hacerlo y aquél que lo visitaba a pesar de que en ese momento, dadas sus circunstancias personales, no le podía causar simpatía hacerlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el segundo es moralmente superior al primero siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo difícil, a lo que cuesta hacer (no porque no apreciemos lo bueno, sino porque en ese momento de la vida nos cuesta apreciarlo). Se podría decir que el primer hombre no ha sido ni siquiera tentado a actuar mal, su vida va bien, qué mejor que ir a ver a un amigo a quién además ama, mientras que el segundo hombre, ha actuado bien a sido tentado. Estar en una situación difícil y a pesar de eso esforzarse por actuar bien, es tan digno de admiración como amar naturalmente lo bueno.

Finalmente, retomando el ejemplo del niño que llora en la madrugada y del mendigo que llora en la calle, podemos notar que una madre virtuosa no sólo atiende a su hijo que llora sino también al mendigo en la calle. Ser virtuoso no es actuar por amor a las personas, en esto coincido con Kant, sería no virtuoso no amar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros amigos, pero amarlos no es virtuoso, es simplemente lo mínimo que se espera de nosotros. En cambio, es virtuoso hacer el bien a quien no amamos y no amamos porque no conocemos, porque no es indiferente o porque es nuestro enemigo. Sólo si amamos lo bueno y lo hacemos con respecto de aquellos a quienes no amamos, entonces estaríamos actuando de forma virtuosa.

Es virtuoso hacer lo difícil y hacer el bien por amor a lo bueno a pesar de que no haya amor al hombre.