Que si vives en el norte, hace poco sentido regresar al sur…
Si todo está hecho en el norte, ¡qué más hacer! La vejez refleja la vida vivida, no esperes servicio, si no fue lo que diste.
Que entre más larga se hace la espera, más breve el sacrificio…
El sacrificio es hacer de la espera interminable. La mía fue larga, pero lo importante es que ha acabado, ahora llega su disfrute.
Que es mal negocio trabajar menos cuando la inversión ha sido costosa…
Creo que el mal negocio es buscar recuperar la inversión en la calle a cambio de dinero. Si la educación es lo que nos hace libres, por qué buscar esclavizarse. Que esto no se malentienda, el trabajo también nos hace libres, pero no hay motivo para despreciar las labores más nobles, que ahora sólo están dispuestas para unos pocos.
Que en poco tiempo, sólo habrá poco del tiempo…
Si el tiempo no es para ser copado, entonces para qué… qué se me cope y enteramente, pero que los gestos y las palabras de amor nunca falten.
Que el placer del sueño se irá para no volver…
Cuánto disfruto madrugar, despertarme con el gorjeo de los pájaros, respirar el aire fresco de la mañana, abrir los ojos y ver a quienes amas descansar en el silencio del amanecer. ¡Para qué dormir más si el sueño le resta las horas más bellas al día!
Y no sé qué confusiones más se dirán…
Lo cierto es que hace mucho no escogía la mejor parte y ahora me la he llevado toda y completa.
Nuestras Acciones
Reflexiones éticas sobre la acción humana
Wednesday, April 16, 2014
Sunday, March 23, 2014
Las tentaciones
Hay mucho que admirar de la vida de Jesús, aún sin ser cristiano. Su condición divina y humana lo vuelve tan cercano a nosotros y un ejemplo imitable en nuestras vidas. En varios pasajes de los Evangelios se puede ver algunas tentaciones que experimentó, aunque a diferencia de las demás historias humanas en la Biblia, Jesús no cayó en ninguna de ellas.
Podemos comenzar con el tradicional pasaje de las tentaciones en el desierto, en donde se resalta su condición humana, cuando luego de pasar 40 días sin comer ni beber, sintió hambre. En este pasaje se pueden identificar dos tipos de tentaciones (posiblemente esta clasificación sea algo superficial, sólo proviene de reflexiones personales): primero, las que se presentan cuando todo está bien en tu vida, por así decir, la caída en la tentación sólo mejoraría mi condición actual, que es además buena; y, la segunda, las que se presentan cuando la situación que se vive es difícil, de modo que la caída en la tentación aliviaría directamente mi sufrimiento actual. La primera tentación que Jesús experimente es de este segundo tipo, pues al convertirse las piedras en pan, su hambre se saciaría. Las dos tentaciones siguientes, sólo mejorarían la situación actual de Jesús, darían testimonio de que Él es el Hijo de Dios y le darían poder en la tierra. Del texto bíblico de Mateo 4 y Lucas 4 se deja entrever que éstas no representaban verdaderamente tentaciones para Jesús, la ambición o el poder no estaban en lo absoluto en su plan de vida. Aquí la primera diferencia entre Jesús y los hombres.
Luego más adelante en los Evangelios, se puede ver que Jesús vuelve a ser tentado, pero no se deja caer en ninguna de ellas. Del primer tipo de tentación, es decir, de aquellas que sólo podrían mejorar la condición actual que de por sí es buena, se puede resaltar: cuando sus opositores le piden milagros para creer en Él (Mateo 12, 38); cuando Jesús huye al monte para evitar que lo proclamen rey (Juan 6, 15); cuando sus hermanos le insisten en que dé a conocer las maravillas que hace (Juan 7, 3); cuando los discípulos le piden que se cuide de la Pasión (Mateo 16, 22 y Marcos 8, 33). Nuevamente, del texto bíblico es posible inferir que éstas no representaban verdaderas tentaciones para Jesús, al contrario producen en Él un rechazo inmediato. Para Jesús, el reconocimiento público y la admiración sin fe no le interesaban.
A partir de la Pasión de Jesús se puede identificar el segundo tipo de tentación, aquellas que pueden aliviar la situación de sufrimiento que experimenta Jesús. En ellas se revela de un lado, su condición humana y de otro, su santidad. Jesús siente hambre, tristeza, dolor, miedo, pero ninguno de estos estados lo conduce a caer en la tentación.
Su primera tentación, es la agonía en Getsemaní en donde Jesús se llena de temor y angustia, siente además tristeza de la muerte, pero logra vencer estos estados pronunciando una hermosa oración: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Marcos 14, 32-36; Lucas 22, 39-44).
La segunda tentación ocurre inmediatamente después de su agonía en Getsemaní, cuando concurre Judas y la gente con espadas y palos a tomarlo prisionero y Simón Pedro lo defiende hiriendo a uno de esos hombres con una espada, pero Jesús rechaza esta reacción. Si vemos esta escena y la anterior en su conjunto podemos ver el sufrimiento de Jesús y la posibilidad de escaparse de aquél, usando la fuerza de la espada como proponía Simón Pedro, pero Jesús no lo permite (Juan 18, 1-11).
La tercera tentación ocurre cuando Jesús es llevado por segunda vez donde Pilato, quien lo interroga, pero no recibe respuesta alguna de Jesús, a lo cual Pilato replica diciendo: ¿No me quieres hablar a mí? ¿No sabes que tengo poder tanto para dejarte libre como para crucificarte?
(Esta es en mi opinión una clara tentación: puedes insistir en tu inocencia y yo podré concederte tu libertad. Sin embargo, el texto bíblico que sigue este pasaje parecería desmentir mi observación, pues los judíos habían advertido a Pilato que quien no condenara a Jesús, estaría en contra del César, representado en ese momento por Tiberio, a quien Pilato le debía su nombramiento. Esto no deja sin embargo, que aquello sea una tentación, pues al momento en que se la vive, el estado de ansiedad puede hacer que sólo se viva el momento) (Juan 19, 9-13).
La cuarta tentación ocurre en la cruz, cuando de Él se burlan los jefes y los soldados diciéndole: Salvaba a otros, pues se salvará a sí mismo. Que ese Mesías, ese rey de Israel, baje ahora de la cruz: cuando lo veamos, creeremos; o cuando el crucificado de su lado, le reclama diciendo: ¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros! (Marcos 15, 29-32; Lucas 23, 35-43).
La quinta tentación ocurre justo antes de su muerte, en que Jesús exclama la oración más dolorosa de los Evangelios: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Marcos 15, 33-34; Mateo 27, 46), que en otros Evangelios se presenta de forma distinta: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23, 46); Todo está cumplido (Juan 19, 30). Tomadas ambas versiones en su conjunto se puede ver de un lado el sufrimiento humano de Jesús y de otro, el vencimiento del deseo de cambiar el dolor por una aceptación del plan de Dios.
(Es posible que el lector identifique algunas tentaciones más, o quizá que difiera en cuanto a las aquí seleccionadas. Respecto de esto último, debo advertir mi limitación de estar viendo la vida de Jesús, desde mi perspectiva humana y personal, que a lo mejor es la incorrecta).
Habíamos visto ya antes, un ejemplo que diferencia a Jesús de los hombres: el poder, la ambición y el reconocimiento público no interesan a Jesús, pero sí a los hombres. Ahora con los pasajes del Antiguo Testamento que siguen, notaremos que entre Él y los hombres hay un abismo de distancia. El primer ejemplo está en el Génesis 3, cuando Eva y Adán son tentados en el paraíso, nótese no sólo el lugar en donde somos tentados muchas veces los hombres (cuando todo va de maravilla en nuestras vidas, estamos como en el paraíso, pero queremos más), frente a los lugares y condiciones en que fue tentado Jesús (en el desierto, en su Pasión). El segundo ejemplo, lo podemos ver en el Éxodo 16, 2; 17, 1; 32, en el exilio del pueblo judío. Yavé los pone a prueba, pero ellos caen una y otra vez, sin nunca darse cuenta de los pecados que cometen. Es un pueblo que pone a prueba a Yavé y que duda de Él cada vez que las cosas no van bien.
¡Cuántas veces los hombres de hoy no nos comportamos igual que el pueblo judío en el exilio! ¿Acaso no nos preguntamos muchas veces porqué esta desgracia o mala suerte cae sobre nosotros? ¿Cuántos de nosotros no han incluso dejado de creer luego de haber sufrido una pérdida considerable en su vida? Nos parecemos mucho a ese pueblo ciego, que cae, pero podemos diferenciarnos de él, levantando de vuelta nuestro corazón a Dios y para ello, Jesús puede ser nuestra inspiración.
Podemos comenzar con el tradicional pasaje de las tentaciones en el desierto, en donde se resalta su condición humana, cuando luego de pasar 40 días sin comer ni beber, sintió hambre. En este pasaje se pueden identificar dos tipos de tentaciones (posiblemente esta clasificación sea algo superficial, sólo proviene de reflexiones personales): primero, las que se presentan cuando todo está bien en tu vida, por así decir, la caída en la tentación sólo mejoraría mi condición actual, que es además buena; y, la segunda, las que se presentan cuando la situación que se vive es difícil, de modo que la caída en la tentación aliviaría directamente mi sufrimiento actual. La primera tentación que Jesús experimente es de este segundo tipo, pues al convertirse las piedras en pan, su hambre se saciaría. Las dos tentaciones siguientes, sólo mejorarían la situación actual de Jesús, darían testimonio de que Él es el Hijo de Dios y le darían poder en la tierra. Del texto bíblico de Mateo 4 y Lucas 4 se deja entrever que éstas no representaban verdaderamente tentaciones para Jesús, la ambición o el poder no estaban en lo absoluto en su plan de vida. Aquí la primera diferencia entre Jesús y los hombres.
Luego más adelante en los Evangelios, se puede ver que Jesús vuelve a ser tentado, pero no se deja caer en ninguna de ellas. Del primer tipo de tentación, es decir, de aquellas que sólo podrían mejorar la condición actual que de por sí es buena, se puede resaltar: cuando sus opositores le piden milagros para creer en Él (Mateo 12, 38); cuando Jesús huye al monte para evitar que lo proclamen rey (Juan 6, 15); cuando sus hermanos le insisten en que dé a conocer las maravillas que hace (Juan 7, 3); cuando los discípulos le piden que se cuide de la Pasión (Mateo 16, 22 y Marcos 8, 33). Nuevamente, del texto bíblico es posible inferir que éstas no representaban verdaderas tentaciones para Jesús, al contrario producen en Él un rechazo inmediato. Para Jesús, el reconocimiento público y la admiración sin fe no le interesaban.
A partir de la Pasión de Jesús se puede identificar el segundo tipo de tentación, aquellas que pueden aliviar la situación de sufrimiento que experimenta Jesús. En ellas se revela de un lado, su condición humana y de otro, su santidad. Jesús siente hambre, tristeza, dolor, miedo, pero ninguno de estos estados lo conduce a caer en la tentación.
Su primera tentación, es la agonía en Getsemaní en donde Jesús se llena de temor y angustia, siente además tristeza de la muerte, pero logra vencer estos estados pronunciando una hermosa oración: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Marcos 14, 32-36; Lucas 22, 39-44).
La segunda tentación ocurre inmediatamente después de su agonía en Getsemaní, cuando concurre Judas y la gente con espadas y palos a tomarlo prisionero y Simón Pedro lo defiende hiriendo a uno de esos hombres con una espada, pero Jesús rechaza esta reacción. Si vemos esta escena y la anterior en su conjunto podemos ver el sufrimiento de Jesús y la posibilidad de escaparse de aquél, usando la fuerza de la espada como proponía Simón Pedro, pero Jesús no lo permite (Juan 18, 1-11).
La tercera tentación ocurre cuando Jesús es llevado por segunda vez donde Pilato, quien lo interroga, pero no recibe respuesta alguna de Jesús, a lo cual Pilato replica diciendo: ¿No me quieres hablar a mí? ¿No sabes que tengo poder tanto para dejarte libre como para crucificarte?
(Esta es en mi opinión una clara tentación: puedes insistir en tu inocencia y yo podré concederte tu libertad. Sin embargo, el texto bíblico que sigue este pasaje parecería desmentir mi observación, pues los judíos habían advertido a Pilato que quien no condenara a Jesús, estaría en contra del César, representado en ese momento por Tiberio, a quien Pilato le debía su nombramiento. Esto no deja sin embargo, que aquello sea una tentación, pues al momento en que se la vive, el estado de ansiedad puede hacer que sólo se viva el momento) (Juan 19, 9-13).
La cuarta tentación ocurre en la cruz, cuando de Él se burlan los jefes y los soldados diciéndole: Salvaba a otros, pues se salvará a sí mismo. Que ese Mesías, ese rey de Israel, baje ahora de la cruz: cuando lo veamos, creeremos; o cuando el crucificado de su lado, le reclama diciendo: ¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros! (Marcos 15, 29-32; Lucas 23, 35-43).
La quinta tentación ocurre justo antes de su muerte, en que Jesús exclama la oración más dolorosa de los Evangelios: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Marcos 15, 33-34; Mateo 27, 46), que en otros Evangelios se presenta de forma distinta: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lucas 23, 46); Todo está cumplido (Juan 19, 30). Tomadas ambas versiones en su conjunto se puede ver de un lado el sufrimiento humano de Jesús y de otro, el vencimiento del deseo de cambiar el dolor por una aceptación del plan de Dios.
(Es posible que el lector identifique algunas tentaciones más, o quizá que difiera en cuanto a las aquí seleccionadas. Respecto de esto último, debo advertir mi limitación de estar viendo la vida de Jesús, desde mi perspectiva humana y personal, que a lo mejor es la incorrecta).
Habíamos visto ya antes, un ejemplo que diferencia a Jesús de los hombres: el poder, la ambición y el reconocimiento público no interesan a Jesús, pero sí a los hombres. Ahora con los pasajes del Antiguo Testamento que siguen, notaremos que entre Él y los hombres hay un abismo de distancia. El primer ejemplo está en el Génesis 3, cuando Eva y Adán son tentados en el paraíso, nótese no sólo el lugar en donde somos tentados muchas veces los hombres (cuando todo va de maravilla en nuestras vidas, estamos como en el paraíso, pero queremos más), frente a los lugares y condiciones en que fue tentado Jesús (en el desierto, en su Pasión). El segundo ejemplo, lo podemos ver en el Éxodo 16, 2; 17, 1; 32, en el exilio del pueblo judío. Yavé los pone a prueba, pero ellos caen una y otra vez, sin nunca darse cuenta de los pecados que cometen. Es un pueblo que pone a prueba a Yavé y que duda de Él cada vez que las cosas no van bien.
¡Cuántas veces los hombres de hoy no nos comportamos igual que el pueblo judío en el exilio! ¿Acaso no nos preguntamos muchas veces porqué esta desgracia o mala suerte cae sobre nosotros? ¿Cuántos de nosotros no han incluso dejado de creer luego de haber sufrido una pérdida considerable en su vida? Nos parecemos mucho a ese pueblo ciego, que cae, pero podemos diferenciarnos de él, levantando de vuelta nuestro corazón a Dios y para ello, Jesús puede ser nuestra inspiración.
En los detalles
Una hermosa serie de dos películas nos relatan la vida de los humanos desde la perspectiva de los ángeles. Estas dos películas llevan nombres distintos, pero tratan una historia continuada. La primera se llama, Wings of Desire y la segunda, Faraway, so close. La primera realizada a fines de la década de los 80 y la segunda, a inicios de los 90. Ambos ganaron unos cuantos premios importantes.
Las películas discurren con algo de lentitud, especialmente la primera, en donde además la mayor parte de las escenas transcurren en blanco y negro, aunque luego se comprende la ausencia de color. Vale la pena verlas incluso más de una vez. Los diálogos y las reflexiones son muy profundas. Aquí les dejo parte del primero de los diálogos entre los ángeles que protagonizan ambas películas, mientras el uno le conversa al otro acerca de sus percepciones sobre la vida humana.
Scene: Craving weight and pain
It’s great to live by the spirit, to testify day by day… for eternity, only what’s spiritual in people’s minds. But sometimes I’m fed up with my spiritual existence.
Instead of forever hovering above… I’d like to feel a weight grow in me… to end the infinity and to tie me to earth.
I’d like, at each step, each gust of wind, to be able to say “now”. Now and now. And no longer “forever” and “for eternity”. To sit at the empty place at a card table and be greeted, even by a nod.
(…)
But it would be rather nice coming home after a long day to feed the cat, like Philip Marlowe… to have fever and blackened fingers from the newspaper; to be excited not only by the mind, but, at last, by a meal, by the line of a neck, by an ear. To lie, through one’s teeth. As you’re walking to feel your bones moving along. At last to guess, instead of always knowing. To be able to say “ah” and “oh” and “hey”, instead of “yea” and “amen”.
(…)
Or at last to feel how it is to take off shoes under a table, to wriggle your toes barefoot, like that.
Lo que me gusta de este monólogo es la capacidad del ángel de admirar las pequeñas cosas de la vida humana, sobre todo aquellas que a nosotros nos causan en ocasiones molestia, como los días largos, la fiebre, la temporalidad, la incertidumbre… Esto sin embargo, como se ve en la segunda película no se opone, desde la perspectiva misma de los ángeles, a comprender y a aceptar la debilidad humana, su vulnerabilidad, la pérdida del sentido de la vida, la búsqueda a veces infructuosa de una identidad propia, la tentación por el poder y el dinero. Este corto diálogo nos invita a reflexionar sobre la belleza de los detalles de la vida, que apenas valoramos y que damos muchas veces por eternos.
Las películas discurren con algo de lentitud, especialmente la primera, en donde además la mayor parte de las escenas transcurren en blanco y negro, aunque luego se comprende la ausencia de color. Vale la pena verlas incluso más de una vez. Los diálogos y las reflexiones son muy profundas. Aquí les dejo parte del primero de los diálogos entre los ángeles que protagonizan ambas películas, mientras el uno le conversa al otro acerca de sus percepciones sobre la vida humana.
Scene: Craving weight and pain
It’s great to live by the spirit, to testify day by day… for eternity, only what’s spiritual in people’s minds. But sometimes I’m fed up with my spiritual existence.
Instead of forever hovering above… I’d like to feel a weight grow in me… to end the infinity and to tie me to earth.
I’d like, at each step, each gust of wind, to be able to say “now”. Now and now. And no longer “forever” and “for eternity”. To sit at the empty place at a card table and be greeted, even by a nod.
(…)
But it would be rather nice coming home after a long day to feed the cat, like Philip Marlowe… to have fever and blackened fingers from the newspaper; to be excited not only by the mind, but, at last, by a meal, by the line of a neck, by an ear. To lie, through one’s teeth. As you’re walking to feel your bones moving along. At last to guess, instead of always knowing. To be able to say “ah” and “oh” and “hey”, instead of “yea” and “amen”.
(…)
Or at last to feel how it is to take off shoes under a table, to wriggle your toes barefoot, like that.
Lo que me gusta de este monólogo es la capacidad del ángel de admirar las pequeñas cosas de la vida humana, sobre todo aquellas que a nosotros nos causan en ocasiones molestia, como los días largos, la fiebre, la temporalidad, la incertidumbre… Esto sin embargo, como se ve en la segunda película no se opone, desde la perspectiva misma de los ángeles, a comprender y a aceptar la debilidad humana, su vulnerabilidad, la pérdida del sentido de la vida, la búsqueda a veces infructuosa de una identidad propia, la tentación por el poder y el dinero. Este corto diálogo nos invita a reflexionar sobre la belleza de los detalles de la vida, que apenas valoramos y que damos muchas veces por eternos.
Saturday, June 15, 2013
La diferencia entre amén y amen: ¿debe existir?
Últimamente se ha vuelto común escuchar opiniones divergentes entre los cristianos sobre muchos temas morales: aborto, relaciones prematrimoniales, eutanasia, divorcio, anticonceptivos, reproducción asistida, relaciones, matrimonio y adopción entre homosexuales. La divergencia no se debe a una falta de dirección de la Iglesia, su discurso es bastante claro y categórico en estos temas, sino más bien a la concepción que se tiene del ser humano, del seglar común y corriente.
Se ve con mucha frecuencia que dos cristianos -ambos relativamente creyentes y practicantes- difieren en estos temas, sin que aquello se deba a que el uno crea más en la autoridad de la Iglesia que el otro. Hay opiniones que parecen estar demasiado liberalizadas en estos temas, pero que en realidad no lo están. Se ve también el caso de cristianos que han sido excepcionalmente practicantes y creyentes, dejar de creer en la autoridad de la Iglesia, sin que por ello dejen de mantener un corazón noble, incluso más noble que el corazón del común de los cristianos.
¿Cuándo piensas en el aborto, a quién imaginas?
¿Cuándo piensas en la eutanasia, a quién ves?
¿Cuándo piensas en el homosexual, a quién tienes en mente?
¿Cuándo piensas en los divorcios, qué matrimonio recuerdas?
¿Cuándo piensas en la reproducción asistida, qué caso recuerdas?
En más de una ocasión es posible darse cuento que en esto radica la diferencia. Aquél que autoriza moralmente algunos de estos temas, los casos que vienen a su mente son casos de personas heroicas en algún sentido, que han luchado por largo tiempo, pero que se han dejado vencer. Se recuerda a jóvenes confundidas y desesperadas, a quienes les faltó el apoyo de su pareja y cuya familia las habría de humillar primero antes de comenzar a apoyarlas; a enfermos que han estado sufriendo mucho dolor y que no han tenido los medios para calmarlo y a sus familias viviendo ese dolor como si fuera en carne propia; a hombres que se han culpado varias veces de ser homosexuales y de no poder sentir atracción por el otro sexo; a mujeres que han luchado por rescatar un matrimonio, pero que por razones ajenas a ellas, era insalvable; a parejas que han intentado por todos los medios naturales posibles tener hijos y que entre ellos se profesan mucho amor. Si acaso estas personas podrían ser aún más heroicas, es una cuestión aparte, lo que debe admitirse como cierto es que no tienen un corazón malo ni egoísta, que la situación les ha oprimido el corazón y que sus fuerzas han decaído.
Mientas que aquél que rechaza moralmente algunos de estos temas, los casos que vienen a su mente son casos de personas con un corazón deformado no por las circunstancias, sino porque así lo tienen todo el tiempo. Imagina a mujeres abortando porque el bebé arruinará sus vidas; a enfermos o familias pidiendo la eutanasia porque la enfermedad les ha arrebatado el placer de vivir; a homosexuales teniendo una vida sexual vilipendiosa; a parejas jugando a hacer dios.
Lo dicho hasta ahora no pretende trivializar el justo rechazo hacia ciertas de estas cuestiones ni mucho menos relativizar la moral, sino más bien demostrar que las opiniones distintas de los cristianos se podrían encontrar más cerca de lo que parece. Si tratásemos de alargar nuestro panorama, de dejar que entren visiones buenas y malas del ser humano, de tener la visión más completa y exacta posible. Para este propósito, adoptar posiciones categóricas como las siguientes, sería inviable: el aborto va en contra de la vida y aquí acaba la discusión, o el matrimonio es indisoluble y aquí otro punto final, o el matrimonio sólo puede existir entre ambos sexos y no hay más que argumentar. Se trata de comprender al ser humano, sus debilidades y de juzgar su conducta por lo ésta revela de él: tiene aún un buen corazón, mantiene el compromiso con lo bueno.
La siguiente vivencia puede ayudar a ilustrar mejor la cuestión:
“Antes de ser enviado de misiones a Gana, era de moral muy conservadora, pero luego de vivir en una comunidad africana y de haber conocido sus necesidades, pero sobre todo la bondad de sus corazones, me di cuenta que muchos de los principios morales de la Iglesia están basados en una idea del ser humano como un ente irresponsable y placentero. A pesar de estar en desacuerdo con gran parte de lo que opina la Iglesia en este sentido, no he dejado los hábitos porque creo en el cristianismo del amor”.
Fundamentando las normas morales en el amor y no en los categóricos se pueden derrumbar las barreras que separan el amen del amén(*).
(*) Esto merece una explicación. Hace muy poco vi circular un mensaje en el que se decía que la Iglesia debería acabar sus oraciones así: “Por los siglos de los siglos amen”, en lugar de “Por los siglos de los siglos. Amén”. Yo lo entendí como una forma de resaltar que el amor debe ser la base del cristianismo. Creo que el cristianismo es amor y que sus reglas están basadas en ese amor, pero cuando nos olvidamos de ello y las aplicamos sin amor, tenemos un código de normas sin sentido. El amén para mí, significa ese código de normas y el amen, su fundamento en el amor.
Se ve con mucha frecuencia que dos cristianos -ambos relativamente creyentes y practicantes- difieren en estos temas, sin que aquello se deba a que el uno crea más en la autoridad de la Iglesia que el otro. Hay opiniones que parecen estar demasiado liberalizadas en estos temas, pero que en realidad no lo están. Se ve también el caso de cristianos que han sido excepcionalmente practicantes y creyentes, dejar de creer en la autoridad de la Iglesia, sin que por ello dejen de mantener un corazón noble, incluso más noble que el corazón del común de los cristianos.
¿Cuándo piensas en el aborto, a quién imaginas?
¿Cuándo piensas en la eutanasia, a quién ves?
¿Cuándo piensas en el homosexual, a quién tienes en mente?
¿Cuándo piensas en los divorcios, qué matrimonio recuerdas?
¿Cuándo piensas en la reproducción asistida, qué caso recuerdas?
En más de una ocasión es posible darse cuento que en esto radica la diferencia. Aquél que autoriza moralmente algunos de estos temas, los casos que vienen a su mente son casos de personas heroicas en algún sentido, que han luchado por largo tiempo, pero que se han dejado vencer. Se recuerda a jóvenes confundidas y desesperadas, a quienes les faltó el apoyo de su pareja y cuya familia las habría de humillar primero antes de comenzar a apoyarlas; a enfermos que han estado sufriendo mucho dolor y que no han tenido los medios para calmarlo y a sus familias viviendo ese dolor como si fuera en carne propia; a hombres que se han culpado varias veces de ser homosexuales y de no poder sentir atracción por el otro sexo; a mujeres que han luchado por rescatar un matrimonio, pero que por razones ajenas a ellas, era insalvable; a parejas que han intentado por todos los medios naturales posibles tener hijos y que entre ellos se profesan mucho amor. Si acaso estas personas podrían ser aún más heroicas, es una cuestión aparte, lo que debe admitirse como cierto es que no tienen un corazón malo ni egoísta, que la situación les ha oprimido el corazón y que sus fuerzas han decaído.
Mientas que aquél que rechaza moralmente algunos de estos temas, los casos que vienen a su mente son casos de personas con un corazón deformado no por las circunstancias, sino porque así lo tienen todo el tiempo. Imagina a mujeres abortando porque el bebé arruinará sus vidas; a enfermos o familias pidiendo la eutanasia porque la enfermedad les ha arrebatado el placer de vivir; a homosexuales teniendo una vida sexual vilipendiosa; a parejas jugando a hacer dios.
Lo dicho hasta ahora no pretende trivializar el justo rechazo hacia ciertas de estas cuestiones ni mucho menos relativizar la moral, sino más bien demostrar que las opiniones distintas de los cristianos se podrían encontrar más cerca de lo que parece. Si tratásemos de alargar nuestro panorama, de dejar que entren visiones buenas y malas del ser humano, de tener la visión más completa y exacta posible. Para este propósito, adoptar posiciones categóricas como las siguientes, sería inviable: el aborto va en contra de la vida y aquí acaba la discusión, o el matrimonio es indisoluble y aquí otro punto final, o el matrimonio sólo puede existir entre ambos sexos y no hay más que argumentar. Se trata de comprender al ser humano, sus debilidades y de juzgar su conducta por lo ésta revela de él: tiene aún un buen corazón, mantiene el compromiso con lo bueno.
La siguiente vivencia puede ayudar a ilustrar mejor la cuestión:
“Antes de ser enviado de misiones a Gana, era de moral muy conservadora, pero luego de vivir en una comunidad africana y de haber conocido sus necesidades, pero sobre todo la bondad de sus corazones, me di cuenta que muchos de los principios morales de la Iglesia están basados en una idea del ser humano como un ente irresponsable y placentero. A pesar de estar en desacuerdo con gran parte de lo que opina la Iglesia en este sentido, no he dejado los hábitos porque creo en el cristianismo del amor”.
Fundamentando las normas morales en el amor y no en los categóricos se pueden derrumbar las barreras que separan el amen del amén(*).
(*) Esto merece una explicación. Hace muy poco vi circular un mensaje en el que se decía que la Iglesia debería acabar sus oraciones así: “Por los siglos de los siglos amen”, en lugar de “Por los siglos de los siglos. Amén”. Yo lo entendí como una forma de resaltar que el amor debe ser la base del cristianismo. Creo que el cristianismo es amor y que sus reglas están basadas en ese amor, pero cuando nos olvidamos de ello y las aplicamos sin amor, tenemos un código de normas sin sentido. El amén para mí, significa ese código de normas y el amen, su fundamento en el amor.
Thursday, May 23, 2013
Huelen debido a razones fuera de su voluntad
(En respuesta a ¿Por qué huelen?).
Este es un tema que ya he discutido antes en Guayaquil, en donde por el calor, los malos olores llegan a ser “inevitables”. Y precisamente en este predicado, es en donde se fijan las discusiones, ¿realmente es inevitable? Para mí, lo es y cada vez que me topo con un caso así, opto por pensar con caridad, y no por una razón cristiana sino porque pensar con caridad es lo razonable en estas situaciones.
Se debe reconocer, sin embargo, que últimamente se viven tiempos raros. Hay gente que no se lava la cabeza por meses para hacerse rastras, y hay otros que eructan en lugares públicos, sin que parezca ser un problema de salud. El primero es un caso de superioridad (soy distinto y soy mejor, mira mis rastras) y el segundo uno de sometimiento (tú me aguantas porque me aguantas). Sin embargo, no veo como la superioridad o el sometimiento se pueden lograr sólo a punta del mal olor.
Salvo casos muy excepcionales, el mal olor es percibido por el que lo posee y por lo tanto resulta auto-perturbante. No creo que alguien pueda escoger oler mal porque le resulta agradable, sin embargo, suponiendo que éste fuese el caso y que el mal olor varíe en función de olfatos, entonces si variara, ¡más razón para respetarlo! En algún lugar leí que hay razas que tienen “olores” peculiares. No creo que esto sea cierto, pero si lo fuera, hay que respetar. Precisamente si yo percibo de ellos un olor peculiar, debe ser también porque ellos perciben en mí un olor también peculiar. El mal olor es por regla general universal, y si se cree que el otro escoge oler mal, es entonces porque es relativo y si lo fuese, se debe aplicar la caridad.
Que alguien sepa que tiene mal olor, no hace que devenga automáticamente en un acto realizado para amargarnos la existencia. Si alguien huele mal, ¿por qué despreciarlo? ¿sólo porque su olor no nos gusta? Llegar a este punto es tan vil como el que eructa en lugares públicos para someternos a aguantarlo; en ambos está implícito una especie de un "yo superior": tu olor lo desprecio, mis deseos te los aguantas.
Es una pena que cada vez nos volvemos menos tolerantes con aquellos que no son nuestros estándares y le atribuimos a la gente, la intención de amargarnos la vida. No es que esté en defensa del mal aseo, pero me parece muy fuerte no darle el beneficio de la duda: si huele mal, debe tener un problema. Creemos que la gente va por el mundo imponiéndose y no nos damos cuenta que también nosotros nos imponemos cuando producto de nuestro mal carácter, queremos llamarlo: “cerdo infame y bestia inmunda”.
Saturday, April 20, 2013
El llamado
Mañana se celebra el día de las vocaciones de todo tipo, la tuya, la mía… Todos tenemos una, pero a veces nos cuesta un poco descubrirla. Si aún no crees tener la tuya, el primer paso es examinar tu vida de presente: ¿a quién le sonríes todas las mañanas? ¿en qué estás ocupando tu tiempo? Nuestro primer llamado es ser misioneros en casa, en la escuela y/o en el trabajo. Dependerá de cada cual, pero creo que en la generalidad de los casos, somos muy buenos misioneros lejos y fuera de nuestro círculo. Pero no hay que ir lejos, ahí donde estamos necesitan de nosotros, de nuestro ánimo y de nuestro cariño. Nuestra primera vocación es ser misioneros en lo que hacemos y en el lugar en donde estamos.
Parecería entonces que nuestra primera misión es muy simple, no nos han encargado cambiar el mundo con ella, sólo hacer bien lo que hacemos. ¡Pues sí, sólo eso! No soy importante, sin mí el mundo no hubiese sido distinto, ¿y aún así se le llama a esto misión? ¡Sí! Mi misión es hacer bien mi trabajo diario y darle amor a los que tengo a mi lado. No hay misiones más importantes que otras, lo que cuenta es cómo se las cumple. No olvidemos poner el corazón en donde debe estar.
Aquí les dejo la letra de una canción muy hermosa, particularmente el coro que representa nuestra respuesta al llamado, es muy conmovedor. (La música pueden encontrarla aquí)
Yo, Señor de cielo y mar
al que llora he de escuchar
a los que sufriendo están
quiero salvar.
Yo, que de la oscuridad
cada estrella hice brillar,
¿quién mi luz podrá mostrar?
¿quién me seguirá?
Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.
Yo, Señor de lluvia y sol,
las angustias y el dolor
de mi pueblo he de sanar
sin condición.
Ese duro corazón
con mi amor transformaré
¿quién mi Nombre anunciara?
¿quién me seguirá?
Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.
Yo, Señor de viento y paz
al banquete del amor
a los pobres llamaré
y salvaré
Del más exquisito pan
de mi Vida se saciarán
¿con mi voz quién cantará?
¿quién me seguirá?
Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.
No busques fuera misionero, ¿para qué ir tan lejos si hay tanto por hacer aquí? ¡Te necesitan!... Gracias por permanecer.
Parecería entonces que nuestra primera misión es muy simple, no nos han encargado cambiar el mundo con ella, sólo hacer bien lo que hacemos. ¡Pues sí, sólo eso! No soy importante, sin mí el mundo no hubiese sido distinto, ¿y aún así se le llama a esto misión? ¡Sí! Mi misión es hacer bien mi trabajo diario y darle amor a los que tengo a mi lado. No hay misiones más importantes que otras, lo que cuenta es cómo se las cumple. No olvidemos poner el corazón en donde debe estar.
Aquí les dejo la letra de una canción muy hermosa, particularmente el coro que representa nuestra respuesta al llamado, es muy conmovedor. (La música pueden encontrarla aquí)
Yo, Señor de cielo y mar
al que llora he de escuchar
a los que sufriendo están
quiero salvar.
Yo, que de la oscuridad
cada estrella hice brillar,
¿quién mi luz podrá mostrar?
¿quién me seguirá?
Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.
Yo, Señor de lluvia y sol,
las angustias y el dolor
de mi pueblo he de sanar
sin condición.
Ese duro corazón
con mi amor transformaré
¿quién mi Nombre anunciara?
¿quién me seguirá?
Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.
Yo, Señor de viento y paz
al banquete del amor
a los pobres llamaré
y salvaré
Del más exquisito pan
de mi Vida se saciarán
¿con mi voz quién cantará?
¿quién me seguirá?
Aquí estoy, Señor, heme aquí, Señor
en la noche escuché tu voz
guíame, Señor, yo te seguiré
en mi corazón a tu pueblo guardaré.
No busques fuera misionero, ¿para qué ir tan lejos si hay tanto por hacer aquí? ¡Te necesitan!... Gracias por permanecer.
Friday, April 5, 2013
Amor a lo bueno, a lo difícil y a las personas
Existe una discusión muy interesante entre los kantianos y los eticistas de las virtudes (no sé si esa sea una buena traducción del virtue ethics) respecto de qué actitud es más buena: si la de aquél que hace lo bueno por obligación o la de aquél que hace lo bueno porque le es natural hacerlo.
Aristóteles en la Ética a Nicómaco (la obra base de la ética de las virtudes) distingue entre dos tipos de personas: aquél que se esfuerza por actuar bien, a pesar de que aquello no coincide con sus deseos y aquél que actuando bien lo hace de conformidad con sus deseos. En otras palabras, se trata de la distinción entre el hombre bueno por naturaleza y el hombre bueno porque se autocontrola. Aristóteles concluye que el primero es moralmente superior al segundo porque su bondad es innata.
Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, se ocupa del mismo asunto proponiendo el siguiente ejemplo: un hombre que visita en el hospital a un amigo porque encuentra un placer interno al hacerlo es moralmente inferior -concluye Kant- al hombre que visita a su amigo en el hospital aun cuando sus preocupaciones personales lo agobian tanto que no le permiten sentir agrado al hacerlo. Para Kant, el que actúa por obligación es moralmente superior al que actúa por inclinación.
No me resulta fácil tomar postura en este tema. Por un lado, estoy de acuerdo en reconocer que existen hombres santos y que la pureza de su virtud es superior a la del hombre ordinario, que aunque se esfuerza por hacer el bien no es santo; pero a la vez, estoy de acuerdo en reconocer que aquél que pone su corazón en lo que hace a pesar de tener poco ánimo de hacerlo, es digno de igual admiración.
Una vez escuché: ¿acaso la madre que se levanta en la madrugada para atender al niño que llora tiene ganas de hacerlo? Hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, aun cuando no se tengan ganas.
Quizá todos coincidamos en que la madre no hace algo excepcional levantándose a atender a su hijo en medio de la noche, tanto no es excepcional que en caso de que no lo hiciera y se voltease a seguir durmiendo, diríamos ¡qué mala madre!. Pero en cambio, si el que llorara en la madrugada fuera un mendigo que pasa caminando afuera de nuestra casa, la cosa sería distinta. Si nos levantásemos a atenderlo, sí seríamos virtuosos y si no lo hiciéramos, nadie diría nada.
Esto me lleva a diferenciar entre distintos tipos de amor: el amor a lo bueno, el amor a lo difícil y el amor a las personas. El segundo es el rasgo del hombre virtuoso y el primero y el tercero lo son sólo en la medida en que el amor a lo bueno supere el amor a las personas, lo paso a explicar ahora:
Aristóteles hacía la distinción entre el que actúa bien deseándolo y el que actúa bien sin desearlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el primero es moralmente superior al segundo siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo bueno. En otras palabras, se debe reconocer lo bueno, amarlo y perseguirlo, tener que autoeducarse para valorar lo bueno sería no virtuoso. Cómo no amar la paz, por ejemplo, si es tan natural amarla, pero el sólo hecho de amarla no es virtuoso.
Kant hacía la distinción entre aquél que visitaba a su amigo en el hospital porque le causaba una felicidad interior hacerlo y aquél que lo visitaba a pesar de que en ese momento, dadas sus circunstancias personales, no le podía causar simpatía hacerlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el segundo es moralmente superior al primero siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo difícil, a lo que cuesta hacer (no porque no apreciemos lo bueno, sino porque en ese momento de la vida nos cuesta apreciarlo). Se podría decir que el primer hombre no ha sido ni siquiera tentado a actuar mal, su vida va bien, qué mejor que ir a ver a un amigo a quién además ama, mientras que el segundo hombre, ha actuado bien a sido tentado. Estar en una situación difícil y a pesar de eso esforzarse por actuar bien, es tan digno de admiración como amar naturalmente lo bueno.
Finalmente, retomando el ejemplo del niño que llora en la madrugada y del mendigo que llora en la calle, podemos notar que una madre virtuosa no sólo atiende a su hijo que llora sino también al mendigo en la calle. Ser virtuoso no es actuar por amor a las personas, en esto coincido con Kant, sería no virtuoso no amar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros amigos, pero amarlos no es virtuoso, es simplemente lo mínimo que se espera de nosotros. En cambio, es virtuoso hacer el bien a quien no amamos y no amamos porque no conocemos, porque no es indiferente o porque es nuestro enemigo. Sólo si amamos lo bueno y lo hacemos con respecto de aquellos a quienes no amamos, entonces estaríamos actuando de forma virtuosa.
Es virtuoso hacer lo difícil y hacer el bien por amor a lo bueno a pesar de que no haya amor al hombre.
Aristóteles en la Ética a Nicómaco (la obra base de la ética de las virtudes) distingue entre dos tipos de personas: aquél que se esfuerza por actuar bien, a pesar de que aquello no coincide con sus deseos y aquél que actuando bien lo hace de conformidad con sus deseos. En otras palabras, se trata de la distinción entre el hombre bueno por naturaleza y el hombre bueno porque se autocontrola. Aristóteles concluye que el primero es moralmente superior al segundo porque su bondad es innata.
Kant en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, se ocupa del mismo asunto proponiendo el siguiente ejemplo: un hombre que visita en el hospital a un amigo porque encuentra un placer interno al hacerlo es moralmente inferior -concluye Kant- al hombre que visita a su amigo en el hospital aun cuando sus preocupaciones personales lo agobian tanto que no le permiten sentir agrado al hacerlo. Para Kant, el que actúa por obligación es moralmente superior al que actúa por inclinación.
No me resulta fácil tomar postura en este tema. Por un lado, estoy de acuerdo en reconocer que existen hombres santos y que la pureza de su virtud es superior a la del hombre ordinario, que aunque se esfuerza por hacer el bien no es santo; pero a la vez, estoy de acuerdo en reconocer que aquél que pone su corazón en lo que hace a pesar de tener poco ánimo de hacerlo, es digno de igual admiración.
Una vez escuché: ¿acaso la madre que se levanta en la madrugada para atender al niño que llora tiene ganas de hacerlo? Hay que hacer las cosas porque hay que hacerlas, aun cuando no se tengan ganas.
Quizá todos coincidamos en que la madre no hace algo excepcional levantándose a atender a su hijo en medio de la noche, tanto no es excepcional que en caso de que no lo hiciera y se voltease a seguir durmiendo, diríamos ¡qué mala madre!. Pero en cambio, si el que llorara en la madrugada fuera un mendigo que pasa caminando afuera de nuestra casa, la cosa sería distinta. Si nos levantásemos a atenderlo, sí seríamos virtuosos y si no lo hiciéramos, nadie diría nada.
Esto me lleva a diferenciar entre distintos tipos de amor: el amor a lo bueno, el amor a lo difícil y el amor a las personas. El segundo es el rasgo del hombre virtuoso y el primero y el tercero lo son sólo en la medida en que el amor a lo bueno supere el amor a las personas, lo paso a explicar ahora:
Aristóteles hacía la distinción entre el que actúa bien deseándolo y el que actúa bien sin desearlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el primero es moralmente superior al segundo siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo bueno. En otras palabras, se debe reconocer lo bueno, amarlo y perseguirlo, tener que autoeducarse para valorar lo bueno sería no virtuoso. Cómo no amar la paz, por ejemplo, si es tan natural amarla, pero el sólo hecho de amarla no es virtuoso.
Kant hacía la distinción entre aquél que visitaba a su amigo en el hospital porque le causaba una felicidad interior hacerlo y aquél que lo visitaba a pesar de que en ese momento, dadas sus circunstancias personales, no le podía causar simpatía hacerlo. Estaría de acuerdo en afirmar que el segundo es moralmente superior al primero siempre que lo que esté en juego sea el amor a lo difícil, a lo que cuesta hacer (no porque no apreciemos lo bueno, sino porque en ese momento de la vida nos cuesta apreciarlo). Se podría decir que el primer hombre no ha sido ni siquiera tentado a actuar mal, su vida va bien, qué mejor que ir a ver a un amigo a quién además ama, mientras que el segundo hombre, ha actuado bien a sido tentado. Estar en una situación difícil y a pesar de eso esforzarse por actuar bien, es tan digno de admiración como amar naturalmente lo bueno.
Finalmente, retomando el ejemplo del niño que llora en la madrugada y del mendigo que llora en la calle, podemos notar que una madre virtuosa no sólo atiende a su hijo que llora sino también al mendigo en la calle. Ser virtuoso no es actuar por amor a las personas, en esto coincido con Kant, sería no virtuoso no amar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros amigos, pero amarlos no es virtuoso, es simplemente lo mínimo que se espera de nosotros. En cambio, es virtuoso hacer el bien a quien no amamos y no amamos porque no conocemos, porque no es indiferente o porque es nuestro enemigo. Sólo si amamos lo bueno y lo hacemos con respecto de aquellos a quienes no amamos, entonces estaríamos actuando de forma virtuosa.
Es virtuoso hacer lo difícil y hacer el bien por amor a lo bueno a pesar de que no haya amor al hombre.
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